viernes, febrero 25, 2011

El derecho de llorar

Hay despedidas que no se distinguen como tales desde un principio; tal vez porque en apariencia no hay un verdadero desprendimiento, porque nada trascendental cambia, porque de haber cambios los son de forma y no de fondo. O eso se piensa, o eso se quiere pensar.

A diferencia de las despedidas dramáticas y tajantes en las que el llanto es casi un requisito, las sutilezas de los cambios mínimos rara vez van acompañados del derramamiento dramático de lágrimas, del berreo desgarrador y el claro establecimiento del luto. Y sin embargo, duelen. Pero es un dolor sutil, casi inadvertido. Se manifiesta más como un no dormir, o dormir de más en la mañana, como la disminución de la vitalidad y, tal vez, como las ganas de tener algo que lamentar, algo verdaderamente doloroso y angustiante. Algo que nos otorgue con el sólo hecho de pensarlo el derecho de llorar sin que nadie, ni uno mismo, juzgue al lloroso de exagerado y melodramático.

Las despedidas incompletas se revelan con el paso de los días, cuando la alteración de la rutina se hace evidente, cuando los ciclos tardan cada vez más en volver al punto inicial, cuando la costumbre obliga a seguir ritos ya descontinuados, y se notan ya fuera de lugar. Es hasta que el acumulado de las pequeñas inconsistencias es demasiado cuando un intento de llanto surge, con o sin derecho, para hacer notar que por mucho fondo que se conserve, las formas también tienen su valor.
 
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